lunes, 13 de diciembre de 2021

Estar abiertos al cambio: transformar atributos para iluminar la esencia


EL SOL DE LA EDAD

"Los años fluyen en el correr del tiempo,

dejando al hombre los recuerdos,

y en los recuerdos se entretejen para el alma,

el ser y el sentido de la vida.

Vivencia el sentido, confía en el Ser.

Y el Ser Cósmico se unirá con el núcleo de tu existencia."

Rudolf Steiner

NACIMIENTO:

Un

Un por favor

Y un gracias

 


PRIMAVERA…Septenios del cuerpo

Tres septenios:

0   a  7 años

Cuerpo Físico

Sol de semilla, siembra, germinación y crecimiento. Primera vera del camino

7   a  14 años

Cuerpo Etérico

14 a  21 años

Cuerpo Astral

 

VERANO… Septenios del alma

21  a 28 años

Alma sensible

Sol que florece, fructifica, recoge y cosecha. Verdad al transitar el  camino.

28  a 35 años

Alma racional

35  a 42 años

Alma consciente

 

OTOÑO… Septenios del espíritu

42  a 49  años

Yo espiritual

Sol de plenitud y auge de vida. Agradecer y festejar lo andado

49  a 56  años

Espíritu vital

56  a 63  años

Hombre espíritu

 

INVIERNO… Septenios de integración y transformación

63 a 70 años

Transformación

Sol de la sabiduría donde consagrar la Vida preside todos los actos.        

70  a 77 años

Transcendencia

77 veces siete……

Unicidad


Un Sí, un por favor y un gracias a la vida 

Un Sí, un por favor y un gracias a los padres

Un Sí, un por favor y un gracias a la naturaleza

Un Sí, un por favor y un gracias a la muerte


“Cuando caminas por un bosque que no ha sido domesticado por la mano del hombre, no sólo ves abundante vida a tu alrededor; también encuentras a cada paso árboles caídos y troncos desmoronados, hojas podridas y materia en descomposición. Dondequiera que mires, encontrarás muerte además de vida. 

Al escrutarlo más de cerca, descubrirás que el tronco que se está descomponiendo y las hojas podridas no sólo hacen nacer nueva vida, sino que ellos mismos están llenos de vida. Los microorganismos están actuando en ellos. Las moléculas están reordenándose. De modo que no hay muerte por ninguna parte. Sólo existe una metamorfosis de las formas de vida. ¿Qué puedes aprender de esto? 

La muerte no es lo contrario de la vida. La vida no tiene opuesto. Lo opuesto de la muerte es el nacimiento. La vida es eterna.”

Eckhart Tolle


Con las reflexiones anteriores y al finalizar este año 2021, siento la necesidad de invitar apertura al cambio, aceptar  lo que hay tal como es, y abrir puertas de oportunidades. Siempre hay algo mejor. Cada experiencia, cada pérdida, cada logro, cada sueño es un aprendizaje, un avance para tomar conciencia y darnos cuenta que debemos asumir una responsabilidad, es decir, dar una respuesta a aquello de lo que comprendimos. No se puede quedar solo en la comprensión, se requiere hacer presencia y solo se está presente con acciones. La acción que se realiza en el aquí y en el ahora, a través de atributos o cualidades del ser, tiene una esencia de energía única: el amor. 
Los seres humanos somos seres de contacto, seres de amor. Bien lo hemos vivenciado durante esta pandemia, desde estos límites que nos ha tocado enfrentar.  Esta apertura la inicio transformando la palabra SOLEDAD en un SOL de la EDAD, entretejiendo vivencias de cada septenio y crear el Ser, el Conocer, el saber Hacer con lo que sé para Convivir, Transformar y Transcender.
Publico un extracto del libro La tierra como Escuela, del Dr. Roberto Crottogini que desde la biografía humana expone maravillosamente los septenio expuestos por la antroposofía de Rudolf Steiner.

Los septenios y sus transformaciones

Los tres primeros septenios (septenios del cuerpo), desde el nacimiento hasta los veintiún años, se reflejarán en los tres septenios de la madurez. Este será un reflejo consciente; es decir, aquí comienza a actuar la conciencia que la persona pone en marcha para que se produzcan determinados cambios en ella.

Así como a los catorce años comienza la menstruación, a los cuarenta y nueve años comienza la menopausia.

Así como a los catorce años, anímicamente, el joven compite, el varón y la mujer se diferencian y los grupos que forman se destruyen entre sí; a partir de los cuarenta y dos años, las personas tienen, en general, otra manera de relacionarse, tienden a formar comunidades y trabajar con ideales comunes.

Así como a los catorce años, comienza la vida sexual; a los cuarenta y dos años, puede empezar a caducar el interés por la sexualidad, a caducar con un sentido de transformación.

A los catorce años, todo lo relacionado con el cuerpo tiene enorme importancia, mientras que, a partir de los cuarenta y dos años, este interés se transforma en algo que podemos llamar espiritual y comienza a plantearse el tema de la muerte.

A partir de los cuarenta y dos años, aparecen crisis que pueden ser físico - anímicas. Una crisis física consiste en sentir que el cuerpo físico ya no responde como antes y, en este caso, la persona puede reaccionar de dos maneras:

  • luchando contra esta situación, pudiendo matarse en el esfuerzo.
  • aceptando lo que le ocurre y, así, adoptar una nueva actitud frente a la vida. En este caso, surgirán las necesidades espirituales.

El septenio de los cuarenta y nueve a los cincuenta y seis años tiene como espejo el septenio de los siete a los catorce años.

Así como a los siete años el niño comienza su escolaridad; a partir de los cuarenta y nueve años el ser humano necesita enseñar, se transforma en maestro. Esta es una necesidad vital; el ser humano necesita ser escuchado, necesita transmitir algo, en suma, necesita dar.

Así como entre los siete y los catorce años empiezan los hábitos; entre los cuarenta y nueve y los cincuenta y seis años será muy importante trabajar sobre los hábitos adquiridos, ya que, en este septenio, se desarrolla una fuerza que nos permite cambiar nuestros hábitos.

En el último septenio, entre los cincuenta y seis y los sesenta y tres años, se producen alteraciones sobre todo en lo que respecta a la memoria. Es muy común que las personas de esta edad olviden hechos recientes; sin embargo, están revitalizando hechos que ocurrieron entre el nacimiento y los siete años, hechos que se recuerdan con gran claridad.

A partir de los cuarenta y dos años y a lo largo de los septenios que siguen es muy importante recuperar las vivencias infantiles, no sólo recuperarlas sino revitalizarlas y transformarlas. Una característica de la niñez es el asombro, así como también el egoísmo. Por lo tanto, en esta etapa de nuestras vidas es ideal percibir la necesidad del otro, desarrollar nuestra capacidad para escucharlo y, de este modo, lograr el asombro. Precisamente, gracias a estas vivencias el mundo se desplegará ante nosotros y podremos transformar el egoísmo infantil en la capacidad para reconocer al otro.

A partir de los cuarenta y dos años es fundamental comenzar un trabajo constante con el desapego y con el perdón. El desapego cobrará una importancia cada vez mayor a medida que pasan los años ya que con el paso del tiempo la persona tiene menos necesidades materiales. El desapego constituye una muy buena señal en el camino de la evolución personal.

El trabajo con el perdón es mucho más difícil y requiere una preparación espiritual.

Trabajo espiritual para los Septenios del Espíritu

Existen cinco cualidades que se manifiestan en una evolución sana de un proceso biográfico de madurez, ancianidad y muerte. Estas son: unicidaddesapegoamor al prójimoagradecimiento y perdón.

La sensación de unicidad ocupa el centro del alma del hombre y de allí se desprenden las otras cuatro características. La idea de que la unicidad ocupa el centro del alma ha surgido al observar que, cuando la persona llega a experimentarla, las otras cualidades pueden ser alcanzadas sin dificultad. Ocupar el centro significa que la persona se siente ubicada allí reiteradamente y hace de esto un aspecto central de su vida.

Al hablar de la sensación de unicidad nos referimos a esa especial sensación de unidad con el Todo. Pero, ¿Qué es el Todo? En realidad, no hay conceptos que puedan definirlo, ya que en el caso de lograrlo, lo definido dejaría de serlo; simplemente, el Todo Es.

Las personas, que han hecho abandono de su cuerpo físico en una situación de extremo riesgo, como un accidente o una operación quirúrgica, describen la sensación de unicidad como la sensación de no poseer un cuerpo y, a la vez, de sentirse parte del Universo. El cuerpo es el Cosmos mismo y la sensación de unicidad se manifiesta con la esencia de las cosas y no con las cosas en sí. Las cosas del mundo físico se vivencian como una consolidación material de aquella esencia. Sin embargo, no es una fusión cósmica con pérdida de conciencia; siempre existe la conciencia de sí mismo participando y gozando de esta experiencia inédita.

Cuando la experiencia cesa y se retorna al cuerpo, por lo general, se duda de lo vivido, ya que el imperio de los sentidos y nuestro condicionamiento cultural no dejan resquicios para experiencias suprasensibles. Pero lo más valioso de estas experiencias es el cambio de vida de quienes las han vivido y su necesidad de conocimiento acerca de los mundos espirituales.

Existe otra forma de acercarse a esta sensación de unicidad y es la que verdaderamente interesa en todo proceso biográfico. No se manifiesta bruscamente y no posee ni la fuerza ni la intensidad de las experiencias relatadas por las personas que atravesaron por dichas situaciones de extremo riesgo. Es un proceso que se instala lentamente, a partir de la cuarta década de la vida, debiendo ser cultivado cuidadosamente. En este caso, si la persona abre sus sentidos a esta nueva sensación de unicidad, decidiéndose a profundizarla conscientemente, se habrá iniciado el verdadero camino del principiante que aspira a la fraternidad y unidad en el camino espiritual. Para este proceso son de gran ayuda la meditación diaria y la observación constante de sí mismo. De esta manera, es posible romper con la esclavitud de la conciencia de vigilia y apreciar la causalidad.

Al tomar conciencia de esta causalidad, que obra en nuestra existencia, nos preparamos para abordar el concepto de karma. Sólo así, la vida adquiere sentido como escuela y cada tropiezo será bienvenido por el mensaje que encierra. Todo hecho deberá relacionarse con la causalidad y el orden universal y, así, la persona logrará instalarse, poco a poco, en la sensación de unicidad emergente. Más aún, todo conocimiento adquirido debe apuntar a la unión con el Todo y aquel conocimiento antiguo deberá ser reformulado en relación con la Totalidad.

Cuando este estado de unicidad ocupa el centro del alma se percibe una agradable sensación de paz y un germinar de sentimientos serenos de amor y fraternidad universal.

Estas sensaciones de unidad y de paz interior suelen despertar el desapego. ¿Qué es el desapego?

  • Es un cambio de valores.
  • Es la transformación de valores materiales en valores espirituales.
  • Es un valor que está en el centro, equidistando entre la posesión y la indiferencia.

El verdadero despego produce una sensación de paz y esta misma sensación lo incentiva. La actitud de desapego estimula en la persona la alegría de descubrir que necesita cada vez menos para estar cada vez mejor. Desapegarse no significa no tener, significa no depender de lo que se tiene. Los valores materiales susceptibles de ser trabajados internamente como actitud de desapego abarcan todos los objetos físicos que nos rodean, desde los más insignificantes hasta los más grandes.

Mucho más difíciles de ser abandonados son los valores anímicos, porque son más sutiles y están menos expuestos al campo iluminado de nuestra conciencia; por ejemplo, los roles que ejercemos diariamente, el prestigio alcanzado o el manejo del poder.

Las razones espirituales del desapego son casi obvias: la conciencia superior sabe de lo efímero de la existencia física; basta elevarse a otro nivel de conciencia para que el desapego del mundo físico se constituya en un hecho lógico y necesario. Desde el punto de vista de la conciencia de vigilia u objetiva, hay un solo acontecimiento en la vida que no resiste la menor objeción por parte de la razón, esto es la muerte del cuerpo físico. Es muy comprensible, entonces, que a partir de la segunda mitad de la vida esta tremenda verdad humana cobre fuerza inconscientemente en el alma.

Todo desapego del mundo de los sentidos, antes de enfrentar la muerte física, facilitará enormemente el tránsito hacia el otro plano de conciencia y permitirá, en futuras encarnaciones, disfrutar serenamente del proceso tan temido.

La sensación de unicidad y la actitud de desapego confluyen en un sentimiento muy elevado el amor al prójimo.

"Amarás al Señor, tu Señor, y al prójimo como a ti mismo" encierra una verdad oculta: el re-conocimiento de la Divinidad en el otro así como en nosotros mismos. Reconocer a Dios en el otro y en nosotros sólo es posible merced a una profunda devoción y reverencia que despierta en el hombre la emanación divina que vive en su Espíritu.

El amor al prójimo se cultiva y crece. Es un largo camino que parte del egoísmo para llegar al altruismo, al otro. Desde un punto de vista es un proceso que, por un lado, recibe aportes de la unicidad y del desapego y, por otro lado, del agradecimiento y del perdón. Es una sensación que se instala en nuestro Ser y se manifiesta como sensibilidad ante la necesidad ajena. Cuando esta sensibilidad se expande en el alma, se expresa en el mundo como acto de generosidad.

La sensación de amor al prójimo siempre despierta un sentimiento de sana alegría, un verdadero bálsamo anímico-espiritual.

¿Y qué podemos decir del agradecimiento y del perdón?

El agradecimiento es una sensación muy poco cultivada en el alma humana. El agradecimiento nace de los hechos más insignificantes, como respirar, caminar conscientemente, oír el canto de un pájaro, presenciar una puesta de sol, recostarse sobre el tronco de un árbol o acariciar a un animalito. Todo esto despierta un sentimiento de amor y fraternidad universal que incentiva el amor al prójimo, pudiendo trascenderse lo humano para llegar a lo divino.

El perdón provoca una sensación de benevolencia. Si analizamos el vocablo en detalle nos encontramos que la palabra perdón se compone de una preposición inseparable: per, que refuerza su significado y de un verbo que tiene una profunda significación en sí mismo como acción de desprendimiento y entrega, donar. Sin embargo, en el mismo vocablo permanece en silencio otro significado, el de don. El sentido de la donación es el de la dádiva u ofrenda, como así también es una cualidad del ser humano. Por lo tanto, el perdón es una verdadera cualidad del hombre que le permite desprenderse tanto de objetos materiales como del orgullo personal; desapego, para ofrecer una dádiva; amor al prójimo, que estimula en el espíritu la sensación de agradecimiento que lo une con el Todo, unicidad.

Aquí hablamos del perdón como una actitud del alma en relación con el mundo; una actitud libre que, en cada momento, podemos elegir asumir o rechazar. La actitud interior de perdonar encierra un doble aspecto: anímico y espiritual. En el aspecto anímico produce un alivio y una liberación, es un desprenderse de algo que a su vez nos mantenía atrapados y esclavizados. Nos desprendemos de sentimientos tales como odio, humillación, dolor.

En el aspecto espiritual, el trabajo consciente del perdón nos abre las puertas del aprendizaje, nos torna flexibles y compresivos con respecto a la naturaleza humana. Es un excelente instrumento para cincelar aspectos oscuros del alma y nos abre el camino a la indulgencia y la compasión. La compasión se apoya en la humildad y es el profundo sentimiento de amor cristiano hacia el semejante, sin guardar relación con el sentimiento de lástima.

Saber que el otro es nuestro espejo, que los mismos errores que hoy criticamos fueron nuestras equivocaciones ayer, que en nuestro corazón y en el de nuestros semejantes brilla la misma luz, es suficiente para que se agigante el sentimiento de unicidad y amor al prójimo. Por estos motivos, los tres septenios de Espíritu constituyen, en cada encarnación, la oportunidad de que el Yo evolucione un poco más para acercarse a sus verdaderas metas espirituales.

Por lo tanto, el perdón es una verdadera cualidad del hombre que le permite desprenderse tanto de objetos materiales como del orgullo personal; desapego, para ofrecer una dádiva; amor al prójimo, que estimula en el espíritu la sensación de agradecimiento que lo une con el Todo, unicidad.

La Vida continúa: ¿ancianidad o vejez?

A partir del noveno septenio (63 años en adelante) comienza una etapa signada por una nueva polaridad: el predominio de las tribulaciones físicas y anímicas donde “todo duele o molesta” o la aparición del sol de la sabiduría donde el agradecimiento a la Vida preside todos nuestros actos.

Es una etapa difícil, pero no imposible, para introducir cambios sustanciales en la propia vida. La muerte del cuerpo físico constituye un hito cercano; se puede optar entre la añoranza de la lozanía perdida (himno a la decrepitud) o expandir la conciencia más allá del destino final de dicho cuerpo (himno al Amor). De nosotros depende seguir el camino de la ancianidad o la vejez.

El diccionario de la Real Academia presenta a los dos conceptos (ancianidad y vejez) como sinónimos, pero ofrece algunos ejemplos sutiles que llevan a la reflexión.

Lo obvio es, en este caso, también significativo: Anciano (letra A) figura al comienzo y Viejo (letra V) al final.

La palabra “anciano” deriva de “ante”, y ya se utilizaba a mediados del siglo XIII; otros sinónimos que aparecen son “patriarca” y “abuelo”, los cuales transmiten en sí mismos una sensación de ancianidad sabia y respetable.

Por su parte, la palabra “viejo” ostenta también algunos sinónimos tales como “deslucido” y “estropeado por el uso”, que hacen innecesario agregar comentario alguno. Etimológicamente deriva del vocablo “vetus”, y su evolución fue la siguiente:

En el siglo XVII, veterano

En el siglo XIX, veterinario (El significado tenía relación con las “bestias de carga”, es decir, animales viejos, impropios para montar y que necesitan de un veterinario más que los demás).

En el siglo XIX, vetusto (muy viejo)

De tal modo, si aplicamos estas reflexiones a la biografía, debe hacerse una diferenciación sustancial cuando un ser humano deviene viejo o anciano.

Vamos a desarrollar los dos estados arquetípicos: ancianidad y vejez.

Observando el siguiente cuadro, surge con claridad la diferencia radical entre ambos arquetipos.

En cuanto a la vejez:

· Golpea con fuerza la conciencia de la madurez de quien la observa.

· La decrepitud, el deterioro de la forma y la desconexión con la realidad circundante se presentan ante nosotros como una pésima caricatura de lo que fue.

· El automatismo semiconsciente, el malhumor y un monótono parloteo estimulan la necesidad de ignorar la presencia del “viejo”.

· La debilidad del que grita y golpea se hace realidad ante nosotros.

· El viejo vive sumido en el egoísmo y la desconfianza.

· Tiene muchos miedos, le teme a la muerte.

· No existe la propia responsabilidad, la culpa siempre es ajena.

· Celebra su cumpleaños, o sea la cantidad de años vividos, y no sabe por qué.

· Vegeta, vive biológicamente.

· El destino es un geriátrico, al que le teme.

· La esclerosis de los órganos de los sentidos lo aísla cada vez más del mundo.

· Vive preso del cuerpo y de la vida.

· El espíritu se ha desconectado del cuerpo físico.

- Es su MUERTE.

En cuanto a la ancianidad:

· La imagen del anciano está unida a la sabiduría y el respeto; dos altos valores que hablan de la dignidad humana.

· La sensación de transitoriedad que deja traslucir ahora su vida, le brinda algo positivo: una conciencia cada vez más clara de lo que le pasa, de lo que es eterno. Sabiduría es aquello que surge cuando lo absoluto y lo eterno se manifiestan en la conciencia finita y transitoria arrojando luz sobre la vida.

· Su fortaleza interior le permite callar y escuchar. El anciano aprendió a escuchar y sabe cuándo debe callar.

· Cuando habla, su discurso siempre denota una cosmovisión del mundo.

· La reflexión, la prudencia y la oportunidad son sus características.

· Sabe perdonar y agradecer.

· Asume la responsabilidad de sus propios actos.

· Aprendió a confiar, y no teme que lo engañen.

· No tiene miedos.

· No le teme a la muerte, la aguarda.

· Acepta su destino y no tiene exigencias; podría vivir en un geriátrico pero nadie quiere privarse de su compañía.

· Su cuerpo envejece armónicamente, la esclerosis del cuerpo físico es soportada con nobleza; eso le otorga lozanía.

· Celebra el día de su aniversario (birthday) recordando el momento y la época en que llegó al mundo. Celebra la cualidad que posee dicha fecha en relación con su existencia.

· El espíritu sigue expresándose a través de ese cuerpo físico que envejece, expandiendo la luminosidad del Ser.

· Vive en sí mismo la libertad plena de su alma y de su espíritu.

· Es su RENACIMIENTO.

Características generales

Hemos hablado de la polaridad arquetípica ancianidad- vejez; sabemos que, como en toda división de lo humano en categorías, nadie se encuentra totalmente involucrado en una sola de tales polaridades. Es raro que la realidad individual sea blanca o negra; en general, es gris claro o gris oscuro. El proceso siempre es gris y se puede dirigir hacia la luz o hacia la oscuridad.

Por otra parte, lo expuesto, más que una descripción de lo existente es un alerta para quienes nos acercamos a esas etapas. Es ésta una semblanza espiritual de la vida después de los 63 años.

Por entonces deben existir objetivos de vida. El hombre o la mujer de esta edad puede observar que tiene por delante una gracia divina y esto estimulará su reconocimiento y veneración; no porque la vida sea tan bella sino porque puede estructurarla y analizar la existencia pasada evaluando así los distintos aspectos de la misma.



jueves, 15 de abril de 2021

ESCUCHAR A LOS NIÑOS...psicoterapia de la infancia negada

 

PRÓLOGO:

De todos los traumas provocados por el ser humano, los que se producen dentro de las familias por los cuidadores son los más graves. Dar voz, escuchar a los niños y contar esas historias es, por lo tanto, no sólo un deber profesional, sino también un deber ético, moral y civil.

La escucha terapéutica de los niños maltratados o que han sufrido abusos debería enseñarse en las universidades y practicarse en los servicios públicos. Sin embargo esta enseñanza no se imparte ni siquiera en las escuelas de especialización en Psiquiatría, Neuropsiquiatría Infantil, Pediatría o Psicología Clínica. En este libro Luigi Cancrini tiene el coraje de representar y denunciar, con su trabajo y con la descripción precisa de las terapias que realiza o supervisa, que el dolor, el sufrimiento, los traumas repetidos y la distorsión de las relaciones en familias a menudo violentas y sin ayuda tienen consecuencias devastadoras para el cuerpo y la mente de los niños. Trabajar con otros niños maltratados será más fácil para aquellos que hayan leído las lecciones de los casos de Hillary, Diego, Michele, Ruggero y Pamela.

«El legado de este nuevo libro de Luigi Cancrini es el mensaje que nuestra sociedad actual requiere con urgencia: priorizar los derechos de la infancia, sus buenos tratos y políticas públicas que garanticen la redistribución de las riquezas para ofrecer a todos los niños y niñas que lo requieran una psicoterapia integral para reparar sus daños. Mejorar las condiciones de vida de la infancia es contribuir a la mejora de la humanidad».

JorgeBarudy, Médico psiquiatra, terapeuta familiar, traumaterapeuta.

LUIGI CANCRINI

Entrevista: El psiquiatra Cancrini “Este es el tiempo del cuidado, no del odio”

Sobre el miedo por el futuro, la solidaridad, los enfermos que se sienten más “normales” y los “normales” que se sienten enfermos. Reflexiones sobre nuestro estado mental.
“Este es el tiempo del cuidado, no del odio. Es un tiempo de escucha y de dolor compartido que es bueno para todos; también para mis pacientes que cultivan en su interior las más terribles de las fantasías”. La pandemia a través de la mirada del Profesor Luigi Cancrini, uno de los más grandes psiquiatras italianos, es una ocasión de regeneración, “una oportunidad para descubrir cercanía y solidaridad, es decir, los recursos más importantes para vivir mejor”. Con ochenta y un años y una larga trayectoria junto a Franco Basaglia, Luigi Cancrini fundó en los años Setenta el Centro Studi de terapia familiar y relacional que considera su casa profesional.

Profesor Cancrini, estamos experimentando la soledad, el miedo, la muerte, el dolor, la suspensión de la libertad. Muchos han relacionado el malestar de hoy con la experiencia de la guerra.

“Tengo una memoria muy viva de los bombardeos de 1943. Vivíamos cerca de San Lorenzo, el barrio romano arrasado por los angloamericanos, y recuerdo muy bien el terror, el ruido ensordecedor de los aviones, la huida a los sótanos. Pero se trata de experiencias muy distintas”.

 ¿Por qué?

 “La guerra es el tiempo del odio. En guerra para sobrevivir uno se ve obligado a matar al otro, como bien dice la canción de De André: Piero muere porque se detiene antes de disparar al enemigo, y paga con la vida su preocupación hacia el adversario. En cambio, lo de hoy es el tiempo de la cercanía y la solidaridad. El enemigo es externo a la humanidad y los hombres están obligados a unirse para hacer frente a la amenaza común”.

 ¿El miedo nos hace descubrir la proximidad?

 “Sí, sucede cuando el enemigo es común para todos. Me impresionó el lema: quédate en casa, así haces bien para ti y para los demás. La idea de que ayudándose uno mismo está ayudando también al otro, pone en marcha un movimiento emocional que hace crecer la solidaridad”.

Un sentimiento muy lejano del reciente estado de ánimo colectivo de Italia, diagnosticada por diferentes sociedades psicoanalíticas como “psicopática”, “paranoica”, “autoritaria” e “intolerante”.

 “Yo utilizaría términos diferentes. Nuestro país, como todo el Occidente, está enfermo de narcisismo: Al poder disponer de todo tendemos a sentirnos omnipotentes y al mismo tiempo desconfiados hacia el próximo, considerándolo una amenaza para nuestros bienes.

La experiencia del coronavirus nos hace enfrentarnos con los límites – no podemos tenerlo todo – y con la necesidad de vínculos solidarios: puede ser el mejor remedio para nuestro trastorno narcisista”.

¿En estos días usted ha podido observar un cambio en sus pacientes?

“Me impresiona la reacción de aquellos con trastornos psicóticos, pacientes capaces de elaborar fantasías terribles, que proyectan al exterior desde un mundo interno. Ahora que esta figura amenazadora aparece en el imaginario de todos, estos pacientes se sienten más “normales”, iguales a los demás. Así que están mejor”.

¿La excepcionalidad es capaz de liberar energías inesperadas?

“Es un dato confirmado por los manuales psiquiátricos: muchos enfermos graves mejoran en tiempo de guerra. Disminuyen los suicidios, porque frente al peligro prevalece el instinto de supervivencia. Para la mente humana lidiar con un enemigo interno es mucho peor que lidiar con un enemigo externo del cual nos defendemos junto con los demás”.

¿Esto es así incluso para los que padecen toxico dependencias?

“Sí, esas personas tienen la tendencia de huir de un fuerte sentido de muerte mediante el aturdimiento y el acto de esconderse de la realidad. Cuando hay que estar alerta para destruir un enemigo externo, todo esto desaparece”.

¿Estos mecanismos reactivos se disparan también en los que no tienen especiales patologías?

“Por supuesto. Y se refuerza aquel sentimiento de cercanía del cual hablábamos antes. Cuando la emergencia termine, deberíamos esforzarnos para preservarlo intacto, sabiendo que la proximidad y la solidaridad son los recursos más importantes para vivir mejor. Me temo que la cohesión producida por la excepcionalidad vaya a faltar con la desaparición del virus. Ya veo las señales en las polémicas expuestas en algún talk show”.

¿Cuál es el consejo del terapeuta para poder cultivar la llama vital dentro de la dificultad?

“En psicoanálisis se dice que un buen terapeuta es quien sabe acoger los tiempos de silencio. En el silencio se transmiten las emociones, el respeto, las perplejidades, las dudas, también los límites de la comunicación mediante las palabras. En este momento cada uno de nosotros, en nuestras casas, puede experimentar una constricción hacia el silencio que podría traernos a una relación mejor con nosotros mismos, y con los demás”.

¿Usted experimenta esta transformación también en lo personal?

“Si. Aunque sigo viendo a los pacientes que tienen una mayor necesidad de la relación terapéutica, tengo más tiempo para mí, para leer mis queridos rusos, para escuchar música clásica y tocar el piano. Miro los árboles desde la ventana, algo que nunca había hecho. Y además sueño muchísimo: recordar los sueños es la señal de la recuperación de la relación con uno mismo”.

Una vez superada la emergencia sanitaria, la crisis económica y social será abrumadora. ¿Existe el riesgo de regresar a un individualismo aún más feroz?

“Sí, claro, todo dependerá de cómo esta crisis sea gestionada: si se hace en términos solidarios o de opresión. Como hombre de izquierdas, veo con tristeza que hoy en día en Europa los países fuertes rechazan la solidaridad a los más débiles. Y me asusta el efecto de la gran especulación sobre las bolsas”.

Como todo trauma colectivo también el coronavirus dejará marcas. Entre los símbolos más crueles de esta pandemia quedará el desfile solitario de los ataúdes. Se mueren solos. Somos testigos impotentes de la muerte solitaria de las personas amadas.

“Es un aspecto angustiante y terrible, pero también en estos pasajes se advierte una cercanía y un intercambio colectivo a los cuales ya no estábamos tan acostumbrados. Cierto, los rituales de duelo son fundamentales para la elaboración de la pérdida. La imposibilidad de llorar y abrazarse juntos en el momento de la sepultura puede dejar profundas heridas. Muchas de las patologías con las que me enfrento están relacionadas con duelos jamás elaborados”.

¿Volveremos a abrazarnos y a besarnos con la despreocupada alegría de antes o dentro de nosotros actuarán miedos inconscientes?

“Volveremos a hacerlo con más entusiasmo, reevaluando todas aquellas cosas que dábamos por hecho”.

Usted ha definido lo del coronavirus como el tiempo de la solidaridad y de la cura. Los médicos y operadores sanitarios comprometidos en primera línea lo simbolizan.

“Freud decía que la vocación del médico estaba relacionada con la idea de curar a los propios padres. Yo pienso que en muchas vocaciones de las profesiones sanitarias hay un sentimiento profundo de amor por la humanidad. Son ellos quienes deben liderar la transformación de la comunidad de la que hoy debemos ocuparnos: es el mejor modo de no sucumbir a la desesperación”.

Traducción: Adelaide Margiotta. HESTIA, Centro Internacional de Psicoterapia.

De Simonetta Fiori.
Artículo original:

https://rep.repubblica.it/pwa/robinson/2020/03/28/news/lo_psichiatra_cancrini_questo_e_il_tempo_della_cura_non_dell_odio_-252588255/